El s. XVII es conocido por su gran crisis que no solo afectó a España sino a toda Europa. Fue la monarquía hispánica la primera en preocuparse por lo que hoy en día se puede considerar un ciclo económico: etapas de expansión económica seguidas de etapas de crisis debido a la llegada de metales preciosos. Se la intentaron poner remedios a la inflación pero no había forma de controlarlo y provocó un declive en el poderío de España como superpotencia.
No hay una fecha clara para ubicar el comienzo de la crisis aunque la opinión generalizada es que terminó a partir de las reformas monetarias de 1680-1686 o durante la política fiscal de Carlos II.
A esta crisis había que sumarle las guerras en el exterior, problemas climatológicos que provocaron escasas cosechas, problemas en la producción industrial. Todo ello lo podemos conocer acerca de testimonios escritos de intelectuales que vivieron la época explicando la difícil situación que tuvo que atravesar el imperio que supuso el comienzo de su fin.

Por otro lado, en el anterior siglo, durante la expansión económica, la nobleza y el clero aprovechó esta situación para acaparar más tierras y reforzar su propiedad. Sin embargo con la crisis, todo cambia y cada vez se endeudan más los campesinos, que incapaces de pagar por trabajar sus tierras se sumen en una deuda a lo que se junta además las malas cosechas y la opresión. Ello provoca que disminuya la población rural y por tanto la mano de obra en el campo y la nula innovación de la tecnología agraria.
De hecho, la artesanía, que estaba muy ligada al campesinado se vio irremediablemente afectada por sus relaciones con éste, con el capital, la tecnología y la consideración social y el hecho que todos los recursos descansaran en las clases privilegiadas.
Por ello también cabe destacar la difícil situación que atraviese la industria castellana en este siglo debido a la escasez de materias primas provocando la incapacidad de satisfacer la demanda interior, competir con las otras potencias extranjeras, y su gestión ineficaz y desorganizada; ello afectaría sobre todo a los pilares industriales en esta época: la construcción naval, metalúrgica y textil.
A ello se suman las derrotas en el exterior y la firma de tratados desfavorables para España, que debe realizar concesiones mercantiles a las potencias vencedoras. En esta crisis, Burgos es una de las ciudades más aquejadas por el declive mercantil, al igual que el ocaso de Sevilla, mientras que Madrid y Cádiz se convertirán paulatinamente en centros coordinadores, y comienza a florecer la actividad mercantil en Cataluña.Junto a la crisis, surge una nueva conciencia en los españoles de querer arreglar la situación, de ponerle remedios y reflexionar sobre sus causas, serían los llamados arbitristas y memorialistas que desean la regeneración social y económica de la España, abarcando todo tipo de temas y teniendo en cuenta además las actuaciones políticas y gubernamentales, se apuesta por el mercantilismo como doctrina y práctica económica. Uno de los que destaca entre ellos es Luis de Ortiz o González de Cellórigo, Sancho de
Moncada, Fernández de Navarrete y Martínez de Mata, los cuales lucharían por remediar los males del Reino y mejorar la economía.








